Aparentemente solventes
Antiguamente, convivir bajo el mismo techo con abuelos, padres e hijos no se consideraba la excepción a la regla. El modus vivendi del caserío vasco llevaba precisamente a construir una familia multigeneracional. Obviamente, semejante costumbre no se vivía como un drama. Hoy en día, empero, para un hombre o una mujer de 35 años permanecer en el hogar paterno constituye un fracaso en toda regla.
Mal que bien, las instuciones tratan de paliar en lo posible las carencias de un estado de cosas en el que la vivienda no es ni mucho menos un derecho constitucional garantizado. Javier Madrazo, Consejero de Vivienda, intentó hace algún tiempo que todos los vascongados dispusieran de una vivienda de alquiler protegido. No lo logró, a pesar de que nuestro país vivía en aquellos momentos lo que los expertos en los dineros llaman bonanza económica.
Y es precisamente la actual situación la que, según el Consejero de Vivienda, Iñaki Arriola, obliga a limitar el llamado complemento de vivienda a aquellas personas que acrediten estar en situación objetiva de necesidad. Bajando a la tierra, el subsidio arrancará en 2010 e irá dirigido a personas que cobren la renta básica (40.000) y las ayudas de emergencia social (27.000).
Efectivamente, la situación de estos personas es objetivamente delicada. Pero no puedo evitar preguntarme si no lo es, hasta cierto punto, la de quienes ven pasar los mejores años de su juventud sin emanciparse. Reconozco que no se trata sino de un pequeño drama al lado de la tragedia que supone la exclusión social. Sin embargo, ¿qué sería de muchas personas que cobran sueldos sonrojantes e incapaces de hacer frente al pago de una vivienda (en alquiler o de compra) en el mercado libre si no contaran con la inestimable hospitalidad de sus padres?
Ese respaldo familiar camufla en cierta medida un fracaso vital de primer orden. Y, además, no sé hasta qué punto contribuye a convertir a los jóvenes y no tan jóvenes en el País de los Vascos en criaturas demasiado cómodas sin capacidad de progreso (léase sacrificio). Precisamente, vivir al calor del hogar de los progenitores contribuye a mitigar o aplacar la sensación de que sólo son solventes en apariencia.
Junio 23, 2009 a 11:27 am
Somos la generación invisible. Es un tema que me toca mucho los cojones, pero no voy a comentar nada por no herir sensibilidades. Que luego se te tiran los nuevos lobbys al cuello con furia visigoda
Junio 23, 2009 a 3:55 pm
Saludos, camarada Fernando:
Cierto. La generación invisible. No deberías morderte la lengua. Quien se asoma a este blog ya sabe -más o menos- lo que va a encontrarse: realidad pura y dura. Cambiar el mundo exige hablar de cosas a menudo poco gratas.
Pero no seré yo quien te tire de la lengua, amigo. Un abrazo.