El perdón

Un hombre ha muerto asesinado hoy en las calles de Arrigorriaga. Uno de tantos, ya casi perdí la cuenta. Pero el dolor es el mismo. Ningún dolor, venga de donde venga, me es ajeno. Quizá es el corazón el que ha perdido algo de sensibilidad. Ese mismo sentimiento -o falta de sentimiento- hace estragos en los desengañados, los cansados, los hastiados… que mañana no participarán en las concentraciones de repulsa.

Pero el hartazgo también tiene su origen en la profunda decepción que al observador externo le produce comprobar como se infravalora (cuando no desprecia) el dolor  ajeno. Aún estamos lejos de llegar a cotas ya vividas en conflictos como el norirlandés. Precisamente, resuena todavía el recuerdo de aquel activista del Ejército Republicano Irlandés (IRA) que tuvo la dicha de encararse sin rencor ni odio con la hija de su víctima. Lástima que su elogiable ejemplo no haya cundido en el País de los Vascos, aunque a buen seguro (oh, consuelo) habrá removido algún que otro corazón.

Abro la Biblia por Romanos 5:20 y leo que mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Con frecuencia, los teólogos explican este pasaje aludiendo a cómo la infinita misericordia de Dios supera hasta el mayor de los dramas. Pero, en mi humilde opinión, también nos habla de las fascinantes nuevas posibilidades que el perdón abre a quien lo ejerce aún ante la mayor injusticia imaginable. Hablando en plata y siguiendo la estela de buen número de expertos en resolución de conflictos, el reconocimiento  del sufrimiento del enemigo constituye el mejor comienzo para el proceso de reconciliación de las partes enfrentadas en el contencioso. Ello vale también, obviamente, para el contencioso vasco.

No sólo pienso en el activista de ETA incapaz de mirar a los ojos a la esposa y los hijos del policía víctima de su bomba lapa. Pienso también en el desgarro de la desdichada madre del activista que pasará 20 años en prisión y que no merecerá ni un ápice de conmiseración por parte de quien desde las instituciones políticas defiende la dispersión. Al igual que sucede en otros  tantos  conflictos, ganar implicará perder. Y todas las partes implicadas habrán de dejarse girones de piel en el intento. Es ley de vida.

Por consiguiente, aceptar que no pueden jerarquizarse las víctimas de modo farisaico y humanizar el conflicto humano en la medida de lo posible pueden contribuir a su más pronta resolución. Por si fueran pocos los beneficios que tal obrar brindaría, pensemos además que estaremos colocando los primeros pilares para  solventar el conflicto político, que haberlo, también lo hay.

En resumidas cuentas, reconocer el daño infringido lleva directamente a pedir perdón. Y es ésa petición de perdón la que deshace unos nudos que, tejidos durante décadas, aparentan ser imposibles de desatar.

Escribe un comentario