Selectividad

Eran otros tiempos. Algunos universitarios se veían obligados a sentarse en las escaleras de las aulas. Fumar dentro de las Facultades estaba aún permitido. Y la presencia de la Universidad Pública Vasca en el campus alavés era más bien testimonial. Al igual que miles de alumnos durante esta semana, me enfrenté a la Selectividad de la mejor manera posible. No porque me propusiera quemarme las cejas los días previos a tan temidos exámenes, sino porque me dediqué, como dice Shin-Chan, a hacer el vago y el perezoso.

 

Me van a permitir que no haga disertación alguna sobre la cacareada reforma educativa, ésa que lleva el nombre de Bolonia. No daría pie con bolo, a decir verdad, si quisiera dar pistas sobre el futuro de la Universidad en el País de los Vascos. Me conformo con recordar aquellos viejos tiempos sin ahorrar un ápice en corrosividad. Porque los recuerdos no son, en mi caso, de añoranza; sino de una etapa que me alegré de cerrar en tanto en cuanto pasé a mejor vida: la vida del trabajador que gana honradamente su sueldo…

Con frecuencia hemos oído decir que los años universitarios son los mejores de nuestra vida. Doy fe de que para algunos sí lo fueron. No podría ser de otro modo. Desde Octubre hasta bien entrado Enero, así como desde finales de febrero hasta bien entrado mayo, se dedicaban a vaguear de todas las formas posibles. La cafetería de la Facultad, el bien conocido verde prado (tanto de Leioa como de Iruña), las fiestas en los pisos de estudiantes así como en baretos y discotecas…, las canchas de futbito, fútbol o tenis… La lejanía -en muchos casos- del hogar paterno hacía el resto, de modo que el periplo universitario del holgazán profesional se convertía en una orgía de descontrol. Y no hablo exactamente de artes amatorias, sino de aprovechar cuatro o cinco años para sacar los pies del tiesto y aprobar exámenes y convocatorias con tan sólo un par de semanas de estudio.

Ello me llevaba a preguntarme en aquel entonces sobre la productividad que el sistema de educación universitario tenía en los alumnos. Sí lo tenía, obviamente, para  aquellos universitarios que -carentes de memoria fotográfica- sabían que se jugaban cada curso desde que el balón empezaba a rodar, desde finales de septiembre. Yo me incluyo en ese grupo y les confieso que nadie me regaló nada. Saqué adelante mis dos carreras a base de voluntad y esfuerzo. Ello me llevó a renunciar a muchas  cosas. Años después, no me arrepiento de nada, pues me siento orgulloso de mis grados. Más aún, me siento el hombre más feliz del mundo porque trabajo y gano honradamente mi salario. No concibo mejor vida, sinceramente. Por eso, a quien me dice que los mejores años de nuestra vida fueron los universitarios, le sonrío y me conformo con decirle No generalicemos.

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