El vertedero humano

Las únicas ocasiones en las que traspasé los muros de una prisión lo hice para jugar dos o tres partidillos de futbito con los internos. Fue en el Centro Penitenciario (tremendo y pretencioso eufemismo) de Langraitz-Oka, a pocos kilómetros de mi ciudad natal. Más allá de la linda experiencia de poder conocer -siquiera futbolísticamente- a presos de carne y hueso, me quedé con ganas de más.

Así que, cuando me llegó la hora de cumplir con la prestación social substitutoria, elegí de nuevo el chiquero (en este caso, el de Pamplona-Iruña). Los jerifaltes de turno me dijeron que eso no era posible y que me conformara con desarrollar mi otra mili en un piso de acogida para reos en Tercer Grado. Propuesta a la que me negué en redondo, de modo que me convertí en insumiso de fortuna (digo de fortuna porque a los pocos días se abolió el Servicio Militar Obligatorio).

Años después, el talego se cruza de nuevo en mi camino. Uno de mis camaradas más queridos, de nacionalidad asiática, ha dado con sus huesos en una cárcel castellana. Es inocente del delito que se le imputa. Si fuera adinerado, habría salido de su reclusión sin mayores complicaciones, pero es un joven más con problemas para llegar a fin de mes. A la espera de que los responsables de seguridad de la prisión en cuestión tramiten el papeleo para permitirme la visita a mi colega, me consuelo (es un decir) escuchando los txaskarrillos sobre las visitas de mis otros camaradas, que ya tuvieron la oportunidad de visitarle. Lamento profundamente que el camarada no se encuentre en Langraitz-Oka, la que, según su capellán, Txarly, es probablemente la menos mala de las cárceles españolas.

Curioso asunto éste de las cárceles. Resulta que existe en los Estados Unidos una empresa que se dedica a construir cárceles por medio mundo a partir de diseños estandarizados. “Póngame en mi comunidad autónoma una cárcel tipo A.2; constrúyanme una clase D.1; … “. Como si de un videojuego al estilo de Civilization o Caesar´s se tratase. Una de esas prisiones pretenden construir cerca de la actual de Langraitz-Oka.

A buen seguro, la noticia no hará brincar de alegría a quien fuera probablemente mi mejor contertulio en mi programa de debate en la radio. La vorágine de la vida que llevo hizo que la pasada semana le llamara por teléfono, coincidiendo con el comienzo de la nueva temporada de mi espacio radiofónico. No contestó ni a una sola de mis llamadas. Después caí en la cuenta de que ingresó en la prisión mdrileña de Soto del Real hace tan sólo unos meses. Maldita sea.

Aunque quizá mi ex-contertulio tenga más suerte que un tal Jose Mari Lizardui, preso de ETA que en julio cumplirá 28 años en prisión. Una condena probablemente justificada por lo abyecto de sus delitos, aunque… creía que la cadena perpetua ya no regía en España. En casos como éste queda patente aquello en lo que las cárceles, tal como se entienden hoy en día, se han convertido: vertederos humanos.

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