¡Más madera! ¡Es la guerra!
Reconozco que el rock radical vasco fue mi debilidad en mis años mozos. Por aquel entonces las letras me resultaban simpáticas (por su socarronería, carácter gamberro y falta de corrección política). Ahora que las canas empiezan a aflorar en mi cabellera, las releo y comprendo su hondura mejor que nunca.
No hay revolución, ¿eh guarros?
Todo controlao. Mi petróleo
nunca podréis nacionalizar.
¿Va mal el negocio? ¡Manda la caballería!
La bolsa de Nueva York
controla este mogollón.
La bolsa de New York,
a la mayor gloria de Dios.
Pero la música de grupos como la Polla Records, Eskorbuto, MCD o Distorsión no era lo único que ocupaba mi mente. También flirteaba con el ideario de Vladimir Ilich Uliánov, de los socialistas utópicos, incluso de Mijail Bakunin. Algunos compañeros de instituto (incluyendo a alguno que había seguido mis propios pasos y llevaba, al igual que yo, pins con la hoz y el martillo en la solapa), me animaron a echarme en brazos del capitalismo en el preciso instante en que el desengaño hizo presa de mis ideales de izquierda. “Es el menos malo de los sistemas”. “No tienes otra salida”. “Es lo que hay”. Éstas eran algunas de las justificaciones que empleaban para convencerme de las bondades del stablishment neoliberal occidental.
Concluido mi paso por la Universidad, veo a mis amigos esclavizados por su hipoteca inmobiliaria; ahogados por los créditos que han contribuido a engrandecer aún más a los grandes bancos; imbuidos hasta lo inimaginable en la vorágine televisiva de los cortes publicitarios de diez minutos… Y me digo a mi mismo: “Este sistema no puede durar siempre, tiene que tener un fin, tiene que ahogarse en su propia avaricia y afán de enriquecimiento sin límites”. El camarada BR me espetó -meses después de mandar a freir vientos su pin de Ilich Uliánov-: “Es imposible que el sistema flaquee”. Pero pareciera que, de facto, flaquea. El consejero vasco Joseba Azkarraga hablaba recientemente del preocupante aumento de suicidios en Vascongadas. Aseguraba que buen número de los suicidios tenían a la precariedad económica en su origen.
Nuestros conciudadanos son, cada vez más, los pies de barro del gigante neoliberal. Mi colega VMJ me advierte de que las revueltas comenzarán el día en que nuestros convecinos comiencen a pasar hambre. “Es lo que origina buen número de revoluciones, como la Francesa, por ejemplo”, me explica. FCJ, por su parte, me espeta que la actual crisis económica e inmobiliaria está provocada (a propósito) por el Banco Mundial, ya que, al igual que todos los bancos en general, tiene mucho que ganar con ella”. Lo apocalíptico de ambos comentarios me estremece y asusta.
Y mientras mis camaradas y yo hacemos cábalas sobre el futuro, la élite bancaria “manda la caballería”, es decir, redobla sus esfuerzos con tal de que nada cambie. Yo, por si acaso, iré afilando mi machete. “¡Más madera! ¡Es la guerra!”, decía Groucho Marx.
